Carlos Cerdà

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Recuerdos de la infancia

Índice

1. Una casa pequeña

2. Aislados del bullicio

3. Unas montañas muy peladas

4. Pescar de madrugada

5. Cerámica, pucheros y rezar el rosario en la oscuridad

6. Sin móvil

7. Un coche muy grande

8. La playa de los hippies con barcas de lujo

9. La fiesta más grande del mundo

10. Una gran catástrofe

11. Literatura sobre el mar

12. La montaña mágica

13. La Torre fantasma.

14. Heráldica

15. Un graffiti de 1912

16. Una iglesia enterrada

17. El fin del bisabuelo

18. Una casa neogótica sobre la arena

19. El fin de Sant Vicenç

20. El fin de can Botana

21. El fantasma del bisabuelo

Alguno se preguntará si la casa ha cambiado mucho desde que el bisabuelo la construyó. Ciertamente, cuando yo nací, él ya llevaba 14 años difunto. Pero en aquella época los cambios eran lentos. De hecho, recuerdo perfectamente el olor a pintura en su estudio, porque muchos de sus pinceles y colores seguían allí, en el taller. Allí se ha dado el cambio más grande de la casa, pues lo que actualmente es la cocina y el salón del piso superior, era el estudio del pintor. El lugar donde trabajaba los días lluviosos de otoño o primavera, y cuando el calor de agosto apretaba tanto que no era posible trepar por las montañas sin coger una insolación.

Porque como es evidente para cualquiera que alquile la casa, antes era toda una, no dos viviendas como ahora. Todavía puede verse en una ventana unas pinceladas del bisabuelo, que algún día trabajando se habría quedado sin trapos viejos para limpiar los pinceles, y los restregó sobre la madera antes de guardarlos.

1. Una casa pequeña

Podéis pensar que ¡cuanta casa para una familia! Pero en realidad se quedaba pequeña. Tengo tres hermanos más, dos varones y una mujer. Mis padres fueron los dos profesores, así que pasábamos todo el verano en la Cala de Sant Vicenç.

A nosotros seis se sumaban mis abuelos paternos, y una tía abuela soltera que toda la vida vivió con ellos (siempre fueron tres, y cuando uno se marchó al otro mundo, las otras dos corrieron tras él). La familia joven dormía arriba. Los tres chicos dormíamos en la habitación que hay al subir la escalera. Mi hermana dormía en la pequeña del fondo, y mis padres en la que está debajo de la torre.

El taller del bisabuelo estaba cerrado, que los niños no debían tocar todos esos productos malolientes y tóxicos. Era el reducto del difunto, que allí seguía trabajando, aunque algún mueble viejo también había ido a parar al estudio, cogiendo polvo en la esquina. Mucho más tarde se le quitó un trocito para el baño, pues de niño arriba no había, y cuando se separaron los pisos se acondicionó en esa pieza la cocina y el salón superior.

Abajo dormían mis abuelos, en una gran habitación junto al salón, que al morir se convirtió en comedor (el comedor antiguo pasó a ser dormitorio). Y mi tía abuela dormía sola en otro cuarto junto a la cocina. Aún quedaba un pequeño dormitorio por si había alguna visita, pero como podéis imaginar toda la casa estaba ocupada y llena de vida, excepto el “sancta sanctorum” del bisabuelo.

2. Aislados del bullicio

El solar también era mucho más grande, pues años más tarde se parcelóy se vendieron los dos trozos colindantes. En el que quedaba junto al mar un empresario catalán construyó una casa muy respetuosa con el entorno y con la nuestra. Y la parcela junto al hostal Oriola recientemente fue adquirida por un ciudadano irlandés.

Pero de pequeño los vecinos estaban muy lejos, separados por un bosque de pinos y encinas que le daban a la casa el aspecto de castillo, entronizado entre los árboles. Había sitio de sobra para correr y jugar al escondite.

3. Unas montañas muy peladas

Sorprende mucho lo áridas que son las montañas que rodean la Cala de Sant Vicenç. Aunque la zona de Formentor está más poblada de pinares, el resto es apenas roca y unas pocas plantas supervivientes. Pero, ¿fue siempre así? Parece que no. Una práctica ancestral utilizada en la montaña mallorquina era la quema sistemática en la época invernal. Esta quema controlada intentaba ayudar a estimular el rebrote a la llegada de las lluvias primaverales, y servía de alimento al ganado que pastaba en los riscos.

Algo similar practicaban los aborígenes en Australia y algunos estudios los hacen responsables de la desaparición de los inmensos bosques primigenios de aquel continente. En Mallorca se practicó durante siglos y hasta no hace mucho, cuando fue totalmente prohibido.Las plantas como “càrritx” (ampelodesmos mauritanicus) y “mata” (pistacia lentiscus) sobrevivían a estas prácticas. Las plantas de mayor porte, no. Conservamos una foto de la casa donde puede verse el terreno yermo, y los primeros pinos que sembró el bisabuelo despuntando tímidamente. En la zonas de urbanización, con el riego humano, los pinos han crecido extraordinariamente. Las montañas muestran algunos ejemplares tímidamente aquí y allá, pero pasarán siglos hasta que se vistan de nuevo con el manto arbóreo.

4. Pescar de madrugada

Os preguntaréis qué hacíamos toda la familia en este lugar durante los dos meses y medio de vacaciones escolares españolas. Lo cierto es que los días pasaban volando. Es verdad que cuando hay mar y playa un niño no necesita mucho más. Pero, ¿y los adultos? A mi abuelo le encantaba pescar.

En aquella época había mucha más pesca que ahora. Tenían una barca muy pequeña y por eso él y mi padre madrugaban mucho. A las 6 de la mañana echaban el bote al agua aprovechando el viento de tierra que sopla a esas horas en verano (terral lo llaman), que empujaba la embarcación mar adentro. Luego, sobre las doce de la mañana regresaban cuando el viento, por el calor, giraba en dirección contraria (embat). Claro que la barca tenía un pequeño motorcito, pero la ayuda del viento era genial.

5. Cerámica, pucheros y rezar el rosario en la oscuridad

Mi madre es ceramista y en verano aprovechaba para desarrollar su pasión en el taller que había en el sótano. Eso era en los huecos que quedaban entre hacer la comida, limpiar la casa, lavar la ropa, etc.

Tenía la ayuda de las abuelas, que a media mañana seguían el eterno ritual de sentarse en el salón, con las ventanas bien cerradas (porque a la gente antigua no le gustaba el sol en absoluto) y rezar el rosario. La costumbre de tomar el sol es muy reciente. Antiguamente los mallorquines querían estar muy blancos.

Sólo tenían color los campesinos, que debían pasar la jornada entera a pleno sol, y aún así las mujeres del campo llevaban sombrero y guantes de tela para evitarlo al máximo. La gente acomodada estaba muy, muy blanca.

Fue más tarde, cuando los burgueses empezaron a veranear junto a la costa y el resto a trabajar todo el año en una oficina, cuando estar moreno empezó a significar estatus, pero durante muchos siglos la palidez fue hermosura, y mis abuelas evitaban siempre el sol.

6. Sin móvil

Nosotros de pequeños jugábamos a cualquier cosa, pues no había móvil, ni internet, y la incipiente televisión sólo tenía dos canales, la primera y la segunda cadena.

La tele se miraba en familia. De día nos subíamos a los árboles, corríamos por el solar, pintábamos ciudades imaginarias en los troncos cortados para la leña, hacíamos tiendas de campaña, nos peleábamos, y sobre todo nadábamos en el mar.

7. Un coche muy grande

El coche de mi abuelo era un Seat 600. En aquella época me parecía un coche enorme. Nos metíamos detrás los cuatro hermanos y había sitio de sobra.

El domingo el abuelo traía del mercado sandías, melones, frutas y verduras de todas clases, una ensaimada para celebrar el día del señor, tebeos, y cuántas cosas maravillosas pudieran salir de ese cuerno de la abundancia inagotable, donde parecía caber todo.

Ahora, cuando veo algún 600 por la calle, que todavía quedan, contemplo incrédulo lo pequeño que es.

O el coche ha encogido un montón o yo he crecido mucho…

8. La playa de los hippies con barcas de lujo

La Cala también tuvo su playa hippie: Cala Carbó. Es la última de la derecha. A veces tiene un poco de arena, otros años no, depende de los temporales. Está llena de piedras porque al hacer la carretera de la urbanización echaron todas las rocas de las excavaciones sobre la playa y allí se quedaron para siempre, la arena ya nunca las cubrió.

Como era una playa incómoda y apartada, casi no iba nadie, y los nudistas aprovechaban para tomar el sol allí. También había muchas barcas en la parte de arriba y dos embarcaderos espaciosos en su flanco derecho, con grandes portones para proteger las naves. A la derecha la familia Darder tenía un importante llaüt de madera, precioso.

Es la embarcación tradicional de Mallorca, y se llama así porque su forma se parece mucho a la del instrumento musical. Tenía un marinero que se dedicaba exclusivamente a cuidar de la barca y, cuando la familia quería navegar, conducía la embarcación.

Junto a esta reliquia del pasado glorioso de la isla, a su izquierda, el señor Moyá aparcaba una mega lancha con dos motores fueraborda, que parecía una nave espacial. Salía ruidoso, haciendo mucha espuma, y al poner el motor a toda velocidad la punta de la lancha se elevaba y casi parecía que toda la nave volase.

Con ese ímpetu podía llegar rápidamente al lugar donde la plataforma continental marina cae en picado hacia el abismo de las profundidades, a un kilómetro más o menos de la costa.

Dicen los pescadores que allí se pescan los peces más grandes. Desde luego Moyá los pescaba. Ahora, cuando voy a Cala Carbó veo incrédulo cómo las barcas ya no están. El mar ha destruido las invencibles puertas y los embarcaderos están en silencio, osirven de refugio a los bañistas cansados del sol.

9. La fiesta más grande del mundo

San Lorenzo es un santo que murió quemado sobre una parrilla. Según la tradición tenía tan buen humor, que cuando lo estaban asando pedía que le dieran la vuelta para que quedara bien tostado por los dos lados. Cosas de los santos, que quieren subir al cielo después de tener experiencias muy fuertes. Seguramente por esta forma de morir, su celebración en el calendario católico es el día 10 de agosto, cuando hace más calorde todo el año.

En Mallorca antiguamente el día del santo (onomástico) se celebraba mucho más que el del cumpleaños. Es comprensible, antes sólo se ponían nombres del santoral, y todo el mundo sabía qué día era tu santo. En cambio el cumpleaños sólo los íntimos lo conocían hasta que apareció facebook. El día de San Lorenzo, en una casa con cuatro generaciones de Lorenzo, era el día más festivo de todo el año. Se invitaba a toda la familia, tíos, tías, primos, primas, consuegros… Y se comía arroz de pescado y pescado al horno.

Grandes ensaimadas hermanaban al helado de almendra y el vino acompañaba los platos. Al final se encendían puros habanos junto al café y al coñac. Bullía tanta gente en la casa que había que poner mesas en varios sitios. Los adultos no se sentaban con los niños, como ahora, en que los pequeños obligan a los mayores a callarse, sino en mesas a parte. Sólo los primos muy mayores tenían el privilegio de sentarse con los adultos.

Música no había, pues los mallorquines son muy serios, perosí chistes, recuerdos del pasado y discusiones de política, mientras los niños nos perseguíamos alrededor de la casa. Era una revolución que se preparaba con días de antelación y traía su resaca, haciendo croquetas con el pescado que había sobrado, y trozos de ensaimada rodando durante varios días por la despensa, si antes no los habían descubierto las hormigas que en verano son omnipresentes.

En ese tiempo mis tíos debían rondar los cuarenta o cincuenta años. A mi me parecían viejísimos, y me daba miedo hablar con ellos. Ahora que he pasado los cincuenta, y me siento tan joven, no comprendo cómo les podía ver tan alejados…

10. Una gran catástrofe

Parece broma, pero ocurrió un viernes 13, como en la película, el del mes de septiembre de 2002. Aquella noche, en apenas dos horas, una gran tormenta descargó más de 150 litros por metro cuadrado en la Cala de San Vicenç. El torrente de can Botana creció con un ímpetu desconocido. De repente, de madrugada, se oyó un estallido como de una gran bomba, o un terremoto. Era el agua, que no cabía en el cauce de piedra que habían construido para hacer la urbanización. El líquido furioso se comió la mitad de la carretera e invadió todos los sótanos de las casas. Gracias a Dios, no murió nadie, pero la riada se llevó 35 coches por delante. Algunos acabaron en el mar. Al día siguiente salió en todos los periódicos de la isla.

Nosotros quedamos estupefactos al ver que el agua ni siquiera había tocado las piedras del muro que cierra la parcela por la parte del torrente. El bisabuelo, al hacer las lindes y cerrar el solar, había tenido en cuenta la máxima crecida del agua. Todo estaba bien, sabiduría de antaño. Después el Ayuntamiento de Pollença sustituyó las piedras calizas que cerraban el cauce por hormigón. No ha vuelto a suceder, pero es que todavía no han vuelto a caer 150 litros por metro cuadrado desde entonces. La prueba de fuego del nuevo cauce todavía no ha llegado.

Ver noticia: Una tromba de agua causa el caos en Cala Sant Vicenç y Pollença

11. Literatura sobre el mar

No sólo se enamoraron los pintores de la Cala de Sant Vicenç. También hubo un escritor alemán que quedó prendado de sus encantos. Compró el solar que está a la derecha de cala Molins y, además de unacasa, escogió el promontorio más cercano al mar para edificar un habitáculo donde escribir.

Una pequeña estancia con un gran balcón mirador, donde contemplar el azul turquesa del agua, oler la sal y escuchar las olas romper contra la escollera. Al pasear por debajo, pues la calle quedaba encajada entre el coqueto edificio y las rocas, oías el repiqueteo de las teclas de una máquina de escribir, un sonido que antaño, previo a la invención de los ordenadores, era patrimonio de todos los escritores. No escribía novelas, sino libros de economía, así que los cantos de las sirenas al anochecer seguramente aclaraban las sumas y las restas, para que todas las operaciones fueran rentables.

12. La montaña mágica

Si hay algo que hace especial la Cala es esa montaña que cierra la bahía por la derecha, El “Cavall Bernat” (Caballo Bernardo en castellano). Esta montaña que enamoró al Bisabuelo, es de color violeta oscuro antes de mediodía, gris y crema durante el día, para tornar naranja intenso en la puesta de sol. Una mole de piedra que cae en vertical sobre el mar, su forma es inverosímil, poderosa, telúrica. El nombre, sin embargo, se repite en otras geografías como Valencia o Cataluña. Allí, el más famoso Cavall Bernat está en el Monasterio de Montserrat.

Este topónimo siempre se aplica a monolitos y peñas con forma de aguja, es decir, con una clara referencia fálica. Se discute mucho sobre la etimología de estas palabras, cuyo origen se remonta a la edad media. Unos lingüistas se decantan por “Carall Armat” (falo erecto) como origen. Otros defienden “Carall Baranat” (falo rodeado de acantilados). Pero todos coinciden que fue en el siglo XVII, cuando la preocupación moral hizo suavizar estos topónimos tan eróticos y cambiarlos por Cavall Bernat. Así que, aunque muchos buscan la figura de un caballo en la silueta de la montaña, incluso reconocen el ojo en su agujero, los orígenes del topónimo nada tienen que ver con este animal.

13. La Torre fantasma.

En la edad media el Mediterráneo era un mar lleno de peligros y piratería. Había muchos amigos de lo ajeno, con ganas de enriquecerse sin esfuerzo. El hecho de que Mallorca estuviera en el centro de muchas rutas comerciales la hacía un botín goloso. Por eso ninguno de los pueblos de la isla está situado junto a la costa. Sólo Palma y Alcúdia, armadas con una gran muralla defensiva, se atrevían a estar junto al mar. Los pueblos costeros estaban situados a cinco o seis kilómetros del litoral.

Tiempo suficiente para avisar en caso de desembarco, y de complicar las cosas a los ladrones fugitivos. Estos pueblos poseían pequeños puertos pesqueros, donde no había riqueza y apenas vivían un puñado de pescadores que no podían suponer ningún interés para los piratas. Así, Porto Cristo de Manacor, Porto Colom de Felanitx, Colónia de Sant Jordi de Campos, Ca’n Picafort de Santa Margalida, Puerto Pollensa de Pollensa, etc. Estos puertos con el turismo han crecido tanto, que algunos ya son más grandes que sus propias villas, pero de esto sólo hace unos pocos años. Otra herramienta muy útil en la Edad Media aparte de alejarse de la costa eran las torres de vigilancia. Recorren todo el litoral de la isla y en ellas había permanentemente vigías que avisaban de cualquier nave sospechosa (www.torresitalaies.cat).

Estas torres se comunicaban entre sí mediante el

humo de día o el fuego de noche, y es una costumbre que se ha retomado en Mallorca: una vez al año se encienden de nuevo todas las torres a la vez.En las fotos antiguas de la Cala también se aprecia una de estas torres de vigilancia en un punto estratégico del litoral. Mi bisabuelo la pintó muchas veces, cual Hércules poderoso dominando sobre el acantilado. Después, en la época del boom del turismo en la isla, un rico empresario compró ese emplazamiento y decidió hacerse una casa allí, con las mejores vistas de toda la Cala.

Empezó con los muros del edificio, pero la torre le molestaba, así que la hizo derruir. En ningún momento pensó que la torre podría haberse integrado en la casa, o que ese elemento arquitectónico era testigo de un pasado de inseguridades y luchas, y sólo por ser testigo de la cooperación de los habitantes para defenderse del ladrón merecía respeto. Derribó la torre sin contemplaciones. Los vecinos al ver el estropicio lo denunciaron al Ayuntamiento, que le prohibió continuar con las obras. Pero la torre ya nunca fue reconstruida.

14. Heráldica

Una casa importante necesita un escudo. Así lo debía sentir el bisabuelo cuando encargó a un cantero de la isla que estampara en piedra el apellido familiar. “Cerdá” no es un linaje de noble estirpe, aristocrático, pero como todo apellido antiguo tiene su logotipo. Un ciervo encabritado. El trabajo fue de gran finura. Con sus cuernos de la abundancia, con frutas, hojas, flores y remate de concha. En el escusón (escudo pequeño situado en el centro donde está la divisa del caballero) figuraba un hermoso ciervo con las patas delanteras en alto, en un bajo relieve fino y muy bien acabado. Seguro que el pintor quedó satisfecho de la delicadeza del artesano. Pasaron los años, nosotros ya ocupábamos la casa en los veranos, y un amanecer, cuando todos dormíamos todavía en la cama, unos golpes sonoros nos despertaron de improviso.

Mi padre saltó de la cama de un brinco. “¡Ladrones, ladrones subiendo por la escalera!” gritó, pero al salir al descansillo, la casa estaba vacía. Los golpes venían de fuera. Abrimos las ventanas para ver caer un granizo del tamaño de un puño. Verdaderas piedras bajaban sobre el tejado y daban la sensación de pisadas. Duró poco, pero el estropicio fue tremendo. Muchas tejas rotas, ramas de los árboles y algún cristal. El capó del coche familiar, que en esa época era un seat 127, quedó marcado para siempre con la chapa acribillada. El escudo tampoco se escapó de la guerra. En unos minutos envejeció varios siglos. Pasó de ciervo encabritado a ciervo herido. Sobrevivió a la batalla, lastimado pero con las patas en alto, aún queda algo del antiguo orgullo en su estampa.

15. Un graffiti de 1912

Mi hermano mayor tiene un amigo gran aficionado al excursionismo. Un día, trotando por las montañas de Ariant, una Possessió (como llaman en Mallorca a las grandes propiedades) del norte de la isla, se encontró estampado en la roca la firma del bisabuelo, y a su lado el año del suceso: 1912. Amante de la pintura, reconoció la rúbrica y se la envió aLorenzo.

Además, hizo una foto del paisaje que podía contemplarse desde allí y también la compartió “¿Conoces algún cuadro con estas vistas de Ariant?”. Mi hermano respondió negativamente. Sabían que había pintado muchos temas por esa zona, como el cuadro“Cueva de las brujas”, que había heredado precisamente Lorenzo.

Aún así probaron suerte en internet… “Llorenç Cerdà Bisbal, Ariant”… Google les ofreció una imagen de una obra que justamente estaba en ese momento a la venta en una casa de subastas de Barcelona ¡Era la misma vista! El bisabuelo, incansable excursionista, no había rincón del norte de Mallorca que no amara.

Aquí lo puso por escrito. Ver: toponimiamallorca.net – el Rocam

16. Una iglesia enterrada

Cuando yo nací todavía gobernaba el dictador Franco en España. En esa época ir a misa era imposición política. Mi padre era una persona devota, el sentimiento religioso le nacía del corazón. Pero muchos otros tuvieron que ir a misa por obligación. Tal vez este sea uno de los motivos por los que hoy en día las iglesias de aquí están vacías. En verano ir a misa en la Cala para un niño era muy divertido. En la parte trasera de Cala Barques había una antigua cantera de “marés”. Elmarés es la piedra caliza de la que está hecha la mayor parte de la isla. Mallorca hace millones de años debía estar bajo el agua, y millones y millones de granitos de arena se fueron acumulando y compactando más y más hasta originar esta piedra porosa deun bello color ocre anaranjado. Cuando la isla salió de los mares, la piedra pasó de las profundidades a la luz del sol.

Y los mallorquines, listos como son, hacían canteras a cielo abierto cortando trocitos de este material para construirlo todo: casas, iglesias, establos, almacenes, palacios. El problema es que no toda la piedra se compactó igual. Hay marés de gran calidad, sobre todo en la zona de Santanyí, de una dureza extraordinaria. Y hay muchos otros marés de naturaleza menguante, que se deshacen más y más cuanto peor es la calidad. El marés de Felanitx, por ejemplo, es de este último tipo. Y casi todo el pueblo está hecho de esa piedra. Así que ya os podéis imaginar el problema que tienen las gentes que viven en esos lares. Tengo un amigo de allí que me vaticina que un día Felanitx desparecerá, cuando las paredes de las viviendas se acaben de disgregar como una playa de arena. Además, la piedra de marés es un ser vivo.

Porque la característica de los seres vivos es respirar, y eso es lo que hacen estas piedras. Cuando hay mucha humedad, la absorben, y cuando hay poca, la van soltando lentamente. Respiran igual que nosotros, pero a una velocidad de piedra. La casa del bisabuelo evidentemente está hecha de marés. Los mallorquines pintamos esta piedra ignorando que está viva, la ahogamos, y ella se toma la venganza escupiendo la pintura. Es muy difícil que una casa de la isla no tenga desconchones. Bueno, excepto si es posterior a los años 60, cuando empezó a utilizarse el ladrillo de cemento, que sí está muerto y bien muerto, la pintura comenzó a quedarse en su sitio. Pero en las casas de marés pintar la pared es el trabajo de Sísifo.Pues bien, en la cala había esta pequeña cantera al aire libre, que afortunadamente tenia forma cuadrangular. Algún sacerdote inteligente había hecho construir en el centro una casita donde se guardaba una mesa, una silla, los utensilios sagrados, unas velas, un cáliz… El oficiante venía un poquito antes del inicio del acto religioso y sacaba todos estos instrumentos afuera, se vestía con los ropajes adecuados y se preparaba pausadamente. Mientras todos los demás nos sentábamos en las gradas alrededor.

Mi padre previamente nos había chantajeado con un helado si nos portábamos bien. Y parecía que estábamos en la mesa de San Francisco. Todo era humildad y sencillez. El duro asiento de piedra, la sombra de los pinos, la sonoridad poca, había que aguzar el oído. Cuando sonaba aquello de “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” todos sentíamos que nosotros, allí mismo, refrescados por la brisa marina y acompañados por los cantos de las cigarras éramos de esos. Bueno, yo no sé si oía eso y lo demás, porque los niños en la misa atienden a cualquier cosa menos a lo que está pasando. Nos distraíamos con la estela que había dejado un avión en el cielo, o con el pequeño hormiguero nacido entre las grietas del marés. Pero la experiencia de algo sagrado en ese lugar tan simple flotaba en el aire.Más adelante la urbanización fue creciendo y creciendo. Seguramente que a los propietarios de los caros chalés de nueva planta no les debía parecer muy elegante esa forma de oficiar. Y se cedió un solar para construir una nueva iglesia. Pienso que si el arquitecto elegido era español, debía ser lo primero que dibujaba en su vida después de sacarse el título. Porque cualquier hijo de vecino sabe que en el mes de agosto si encierras a un grupo numeroso de personas en un recinto cerrado lo primero que necesitas es una buena ventilación. Esta verdad evidente eradesconocida por el técnico. Un edificio cuadrangular que de neogótico sólo tenía los finales apuntados de sus arcos. Una puerta de entrada en la fachada principal, no demasiado grande.

Y unas ventanas muy alargadas y estrechas, como deben ser las de las iglesias, de las que sólo podía abrirse un pequeño hueco inferior. Todos los ingredientes para una sauna bien definidos, el calor ya lo ponía el sol. El abanico era imprescindible para asistir a aquellas ceremonias dominicales. Los niños, por el bochorno, nos poníamos tan pesados que los padres nos dejaban salir a jugar al patio exterior mientras duraban los oficios. Al final, el helado de rigor no faltaba, pero en este caso ya no era un premio, pues no había habido esfuerzo. Era más bien costumbre.Yo no creo que Dios castigue. Si el todopoderoso hubiera pensado que algo estaba mal no lo hubiera creado así, como para ir castigando luego. Tal vez más bien sea la vida la que castigue. Pero si alguno todavía considera que el castigo es parte integrante del planeterno, la iglesia tuvo el suyo. Muchos años después se descubrió que sufría el mal de la aluminosis. El dinero que costaba repararla era demasiado elevado y con la disminución de feligreses ya no valía la pena. La jerarquía des-consagró el templo. Es algo posible. Un altar católico, para ser sagrado, debe poseer reliquias de santos, que se incrustan el día de la consagración.

A la inversa, la ceremonia en la que se extraen dichas reliquias deja al lugar exento de su menester religioso. Ya se puede alojar un parking, una discoteca, un restaurante o un almacén en ese edificio. Pero con lo caro que es reparar la aluminosis, nada de esto se hizo, y la iglesia languidece con los cristales rotos por algunos desaprensivos. Un castigo a la vanidad humana, quién sabe. Acabada la iglesia moderna, la antigua cantera se llenó de escombros y se cubrió de tierra, no fuera que a alguien se le ocurriera reclamar la vuelta al antiguo frescor. Ahora se han instalado unas cuantas mesas y sillas de piedra que nadie utiliza, porque pudiendo comer mirando al mar, para qué quedarse en ese lugar apartado y sin vistas. Cuando paso cerca me imagino que el sacerdote al recoger la casita, se olvidó muchas de las cosas que utilizaba en la misa. Objetos litúrgicos permanecen escondidos bajo tierra. Incluso tal vez el pan que utilizaba en la eucaristía está allá abajo. Y un latido sagrado resuena desde lo profundo.

17. El fin del bisabuelo

Los años fueron pasando y en 1955 el bisabuelo ya llevaba 93 años caminando sobre esta tierra. Era un hombre muy fuerte y saludable, aunque bajito de estatura. Pero a esas edades siempre hay algo que no acaba de funcionar. El médico le comunicó el diagnóstico: próstata. Había que operar. La ciencia médica había avanzado mucho, pero la intervención no fuemuy satisfactoria. Ya en su casa en Palma, el enfermo no mejoraba, al contrario. La familia entonces solicitó la presencia de un sacerdote. El moribundo debía recibir la extrema unción. Este sacramento era una celebración privada que tenía lugar en el mundo católico cuando una persona estaba cercana a la despedida. Era un salvoconducto.

El paciente quedaba libre de sus pecados y podía estar tranquilo de que su destino futuro sería bueno, acogido por los ángeles en el otro mundo. Estas cosas ahora ya no se hacen. La gente no se muere, y los que tienen la mala suerte de pasar por este trance saben a ciencia cierta que después no hay nada, por lo que no vale la pena poner el pasaporte en regla, no hay frontera que cruzar. Pero antiguamente todos querían descansar en paz, y por eso se llamaba al servidor de Dios. Cuando el bisabuelo le vio entrar por la puerta exclamó: “¿Ahora ya?”. Al pintor la vida le había sabido a poco.

18. Una casa neogótica sobre la arena

Si vais a Cala Barques, la primera por la izquierda, os sorprenderá la casa de fachada neogótica que preside la playa.

Era del dueño de la finca de Sant Vicenç. Este rico propietario mandó a un famoso arquitecto diseñarle un panteón en el cementerio del pueblo.

El técnico elaboró un hermoso túmulo con fachada neogótica, muy adecuada para este emplazamiento. El señor de Sant Vicenç quedó tan satisfecho con la construcción que mandó edificar una casa sobre la playa con la misma fachada.

19. El fin de Sant Vicenç

Nuestro afamado constructor tuvo un hijo y dos hijas. El primero murió asesinado en Barcelona, y de las segundas ninguna se casó. Al final, muy mayores, vivían entre las casas de la Possessió y la de la playa. Mi abuelo las iba a ver de vez en cuando.

El campesino que vigilaba las tierras también cuidaba de ellas. Al morir le hicieron heredero, y él vendió la finca, pues estos grandes casones son muy caros de mantener, hace falta tener una economía saneada para costear estas viviendas.

20. El fin de can Botana

Cuando era pequeño iba de vez en cuando a jugar con la hija de los campesinos que se encargaban de can Botana. Los señores dueños de la finca eran un matrimonio que no había tenido hijos, y los payeses vivían en la casa y cuidaban de las tierras. El bosque de encinas que se iniciaba al entrar enel valle permanecía prístino hasta prácticamente nuestra casa junto al mar. Estaba principalmente poblado de encinas (Quercus ilex) y arbustos de mata (Pistacia lentiscus).

Podías correr entre los árboles pues no había prácticamente nada más. Alguna gran piedra decoraba el paisaje aquí y allá. El suelo estaba cubierto de hojas de encina y caminar sobre ellas era como pisar una nube. La tierra, tierna y acolchada. Los señores murieron sin descendencia y dejaron en herencia la finca a sus 14 sobrinos, que tardaron muchos años en ponerse de acuerdo, hasta que por fin lo vendieron a la familia Swarovski. Ellos reformaron la casa y en unos años la volvieron a vender. Con tanto trajín de propietarios, los campesinos tuvieron que abandonar la casa y la ocupación. Además, ya eran mayores y su hija se marchó a estudiar enfermería.

Ahora cuando paseo por el bosque no lo conozco y me quedo asombrado. La hiedra ha invadido las encinas. Todo tipo de arbustos crecen por doquier y la maleza ha convertido el bosque en infranqueable. Las zarzas con sus púas llegan a una altura de más de tres metros y poco a poco van cerrando nuestro paso. En unos años será imposible caminar por allí ¿Qué ha sucedido? Los payeses cuidaban cerdos y ovejas que vivían en el bosque. Ellos comían las bellotas y removían la tierra buscando setas y tubérculos, mientras que ellas mantenían a todas las hierbas salvajes a raya. Sólo los árboles reinaban majestuosos en el bosque. Ahora es un lugar sucio, muy sucio, abandonado.

A alguno puede parecerle romántico y melancólico, pero yo sólo veo el peligro de un gran incendio que con tanta maleza y rama seca cualquier día asolará el lugar y enterrará el último recuerdo que queda del glorioso pasado de can Botana. No podemos imaginar cómo dependemos de los animales para el futuro de nuestro planeta. Si no lo crees, escucha a Allan Savory:

21. El fantasma del bisabuelo

Algunos amigos me preguntan si no tengomiedo de encontrar alguna noche el fantasma del bisabuelo paseando por la casa, sacando sus pinceles de fantasma y sus colores de humo y pintar entre la mesa y la barra de la cocina que hemos instalado en su taller. O subir a la torre con sus pisadas que no hacen ruido (porque los fantasmas no hacen ruido si no tienen cadenas) y disfrutar de la fresca brisa de la noche sobre su piel de fantasma. Yo digo que no tengo la más mínima preocupación de encontrármelo en la casa.

Porque si el bisabuelo ha vuelto a la tierra que tanto amó, no es para encerrarse en su casa. Si ves por la noche una silueta borrosa moviéndose entre los riscos, bajando a la playa que entonces estará silenciosa y vacía, o descansando a la luz de la luna que tintinea en sus grises cabellos, sentado en un acantilado, esa sombra seguro que es él. Allí fuera, en la naturaleza, en su querido paisaje, allí estará.